Una referencia al momento de su conversión (3:1-7)
Pablo habla con mucha dureza a estos creyentes, cosa que nos da una idea de la gravedad de la situación. Dos veces los llama "insensatos". Según dice Pablo a Tito (3:3), éste era un rasgo característico nuestro cuando éramos incrédulos, con todo también el Señor tuvo que llamar de esta manera a aquellos discípulos que fue a buscar cuándo volvían hacia Emmaús (Lc 24:25), para describir su incapacidad para entender las Escrituras.
La presentación del Evangelio fue tan clara y pública, que Pablo no puede entender lo que les ha sucedido, ya que no están obedeciendo la verdad. Los lleva a revisar el momento de su conversión por medio de una serie de preguntas:
La primera: "¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oir con fe"? (v. 2). Con estas palabras los trata de creyentes, y los lleva a recordar cómo se convirtieron en ello: "por el oír con fe".
La segunda: "¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis la carne?" (v. 3). Muestra la inconsistencia que se puede producir en su vida cristiana si no se mantienen viviendo en el Espíritu, ya que siguiendo la doctrina de los judaizantes se acaba viviendo como cristianos carnales.
La tercera: "¿Tantas cosas habéis padecido en vano?" (v. 4). Cuándo creyeron el Evangelio tuvieron problemas tanto con los gentiles como con los judíos, ¿significa eso que fueron sufrimientos inútiles, no los sufrieron para identificarse con Cristo?
La cuarta: "Aquel, pues, que os daba el Espíritu, y obraba maravillas entre vosotros ¿hacíalo por las obras de la ley, o por el oir de la fe?"? (v. 5). Los lleva a recordar la evidencia de la obra de Dios en sus vidas, y a examinar las razones por las cuales Dios obró en ellos. Es más, les recuerda que Abraham, aquél de quien hablan a menudo los judaizantes, experimentó la obra de Dios en su vida por haber creído a Dios.
Abraham es el punto de referencia, y él sencillamente "creyó a Dios y le fue contado por justicia"; la vinculación con Abraham únicamente es posible si se es de los de la fe (3:6-7).
Argumentación a la luz del Antiguo Testamento (3:8-24)
Pablo recuerda que el Evangelio no es una novedad, ya que fue anunciado a Abraham, en la promesa que Dios le dio. En aquella promesa la Escritura preveía que Dios justificaría los gentiles por la fe (v. 8), así como lo tenía que hacer con "los que son de las obras de la ley" (v. 10), ya que "por la ley ninguno se justifica para con Dios" (v. 11), al contrario, nos encuentramos bajo maldición ante la incapacidad de perseverar en el cumplimiento de todas las cosas que han sido escritas en el libro de la Ley.
Cristo se convierte en central, como quien redimió a aquéllos que se encontraban bajo la maldición de la ley, y como quien ha hecho posible que la bendición de Abraham llegara a los gentiles, hecho que queda confirmado con la recepción del Espíritu Santo (vv. 13-14). Sin negar las promesas a los descendientes de Abraham, vía Isaac-Jacob, contenidas en el pacto establecido por Dios, enfatiza que el hecho de que Dios hablara de "simiente", en singular, limita el cumplimiento total de éste a la persona de Cristo (vv. 15-16), y eso la Ley no lo anuló (vv. 17-18).
Acto seguido, analiza las limitaciones de la Ley, y el propósito por el cual fue dada. Su limitación es que Dios no le concedió la capacidad de vivificar cuando la dio, como parece que lo afirmaban los judaizantes, por eso no puede justificar a nadie (v. 21).
Las razones por las cuales Dios la dio, las podemos agrupar en cuatro:
- "Fue puesta por causa de las rebeliones" (v. 19a), para hacer al hombre consciente de sus pecados, y de su condición pecaminosa.
- Tenía que llevar a cabo una tarea temporal necesaria en el programa salvador de Dios: "hasta que viniese la simiente á quien fué hecha la promesa" (v. 19 b). Había que concienciar a la gente de su pecado, para que entendieran la necesidad de un redentor.
- "Encerró la Escritura todo bajo pecado". Como si hubiéramos sido encerrados en una prisión bajo guarda, recluidos a la espera del liberador, la simiente de Abraham, y del medio de liberación, la fe Jesu-Crist (vv. 22-23).
- Tenía que ser "nuestro ayo para llevarnos a Cristo" (v. 24). Eso lo presenta cuidando de nosotros, hasta que nos trae a los pies del Mesías redentor, para poder ser "justificado por la fe".
Cristo-Jesús, como aquél que ha redimido de la maldición de la Ley y como aquél que ha hecho llegar la bendición de Abraham a los gentiles, hace que judíos y gentiles formen parte de una nueva realidad por la fe en él: "hijos de Dios", revestidos de Cristo y siendo "uno", en la realidad que es la Iglesia de Dios (comp. 1Co 10:32). El acto del bautismo en Cristo, que es la expresión externa de una realidad espiritual, lo ha testificado. Eso implica que las diferencias entre "todos" han desaparecido, no se tienen que mantener: sean raciales, culturales, sociales o de sexo.
Como hemos llegado a ser "herederos" (3:29-4:7)
La vinculación con Cristo nos hace, indefectiblemente, linaje de Abraham y herederos de acuerdo con la promesa. Pablo lo afirma y lo argumenta claramente en sus receptores.
Hace referencia a un hecho común en el mundo greco-romano: la condición del heredero durante su infancia, que a pesar de ser el dueño de todo se encuentra bajo tutores y administradores. Este hecho ilustra la verdad que Pablo enseña, aunque la correspondencia no es total. La condición de la humanidad, hasta la venida del Hijo, era como la de aquel niño; pero la venida del Hijo y su obra redentora, nos ha permitido recibir la adopción de hijos. Este hecho ha quedado certificado por la recepción del Espíritu de su Hijo en nuestros corazones. Ahora, por medio de Cristo, hemos entrado a disfrutar de la herencia Divina.
Reflexión sobre el hecho de volver atrás (4:8-20)
La manera de actuar de los gálatas parecía un volver a esclavizarse a los elementos débiles y pobres. La adhesión a la doctrina judaizante, representada por el hecho de guardar "los días, los meses, los tiempos y los años" (v. 10), era lo mismo que la adhesión a la antigua idolatría que habían practicado, ya que eran muestras de las pretensiones humanas de conseguir por las propias obras los méritos para la salvación. Esta manera de actuar hacía temer que no fueran creyentes, que el ministerio de Pablo a favor de ellos hubiera sido inútil. Era algo que no creía cierto, ya que los nombra acto seguido "hermanos", pero que les tenía que hacer reflexionar muy seriamente.
Una vez más, la presentación doctrinal viene acompañada de referencias personales. Esta vez les habla de la primera vez que les anunció el Evangelio, la lamentable condición física en que se encontraba, y como lo recibieron. En aquel tiempo eran felices, ¿qué se había hecho de aquella felicidad?
Pablo denuncia la táctica de los judaizantes, que pretendían presentarlo como enemigo de los gálatas, cuando la verdad era que entre ellos había una relación de profundo y sincero amor cristiano.
Lo que les faltaba a los gálatas era que Cristo fuera formado en ellos, y esta tarea, en que Pablo estaba metido, representaba un padecimiento parecido al que una mujer tiene cuando ha de dar a luz. Él lo sufrió hasta que creyeron, y ahora lo volvía a experimentar hasta que llegaran a la madurez cristiana que se describe con las palabras "Cristo sea formado en vosotros".
Una pregunta y una ilustración para los que quieren guardar la Ley (4:21-4:31)
Nuevamente se dirige a aquéllos que quieren "estar bajo la ley", y ahora utiliza el método rabínico con las alegorías. Es como si les dijera que tomando el Antiguo Testamento a la manera rabínica también se puedía demostrar el error de los judaizantes. No deja a Abraham, ahora habla de su mujer, Sara, y de la esclava de ésta, Agar, de las cuales tuvo hijos. El hijo de la esclava nació según la carne, el de la libre, según la promesa. De aquí presenta el judaísmo, representado por Agar y su hijo, por el Sinaí y la Jerusalén terrenal, como un estado de esclavitud; y el cristianismo, representado por Sara y su hijo, y por la Jerusalén celestial, como la libertad.
También utiliza el mismo relato para ilustrar la persecución de los judíos contra los cristianos, era la persecución del nacido según la carne contra el nacido según el Espíritu.
La argumentación ratifica lo que ha dicho a lo largo de toda la Epístola, que los cristianos estamos atados con Abraham como hijos, y en concreto, como hijos de Sara, la libre, según la promesa y no según la carne.
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